María Eugenia Herrera Cuevas
Cronista del Barrio de Tultenco, CDMX.
“La ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas”
Italo Calvino, del libro: Las ciudades invisibles.
Este es el relato de las tres fundaciones de un antiguo barrio devenido colonia de la Ciudad de México: invocaré para ello su pasado siete veces centenario, ensamblado al de otras poblaciones del país y de América Latina que, con plena vigencia, viven su presente sin que pierdan las huellas que los han antecedido; un devenir signado por el impacto de acontecimientos, algunos de los cuales cambiaron radicalmente sus derroteros, dejando atrás parte de sí mismos, entre ellos la nombradía asignada a su territorio y a su comunidad: renovados bautizos que sellaron una nueva realidad. El caso que aquí se reseña es el de la actual colonia Paulino Navarro, ubicada en la alcaldía Cuauhtémoc de la Ciudad de México, que antes se llamó barrio de San Francisco Tultenco y, más atrás, solamente Tultenco; pero empezó siendo una isla en un lago alojado en un valle trepado en un altiplano.

Primera fundación: tlaxilacaltin (barrio) Tultenco
Los mexicas llegaron al Valle de México en el siglo XIV; deambularon en su entorno hasta fundar Tenochtitlan hacia 1325, en un islote del lago de Texcoco que, con el tiempo y gracias a su prosperidad, se convirtió en la sede de un gran señorío que dominaría gran parte de la Mesoamérica de entonces.
Esta pequeña isla, para ampliar su territorio construyó chinampas. Hacia el sureste se extendió más de tres kilómetros que incorporó a su superficie, con esto llegó hasta un islote donde el tular era especialmente abundante. En él se acomodó entonces, y quizá desde antes, gente que fue identificada con los tules que en el sitio ondeaban, por lo que fueron conocidos como «la gente del tular», y la isla: como Tultenco, que en su lengua, el náhuatl, significa “lugar donde hay tules”. Esta fue su primera fundación.
Tultenco, ya unido territorialmente a Tenochtitlan, fue parte de Zoquipan, una de las cuatro entidades en las que la ciudad organizó su espacio, la que estaba hacia el sur y hacia el oriente. Tultenco era uno de los 18 tlaxilacalli (barrios menores) de Zoquipan; lindaba por su lado sur con el lago y acunaba en su territorio un Huey Apantli (Gran Acequia) posteriormente conocido como Acequia Real dentro de la ciudad y, fuera de ella, como Canal de La Viga y Canal Nacional en su último segmento, entre muchos otros nombres más. Tultenco era atravesado por este canal de sur a norte para llegar hasta el recinto del Templo Mayor, al tiempo que se conectaba con la red de los otros canales de la ciudad, siendo, entre todos los demás, el canal más importante.
Tultenco, por lo tanto, tenía fuertes vínculos con el agua. Su gente entendía los sonidos provenientes del lago y del canal, incluso el rumor de sus plantas y animales. Conocía sus bondades generosas como también el ímpetu de sus crecientes y torrentes. Reconocía su sacralidad y se identificaba con el mito de procedencia de Aztlan, un lugar igualmente ligado con el agua.
No en balde ataron su identidad con la del tölli náhuatl: el junco de largos tallos, nativo de lagos y pantanos, planta acuática por excelencia. Los tules que cultivados eran acomodados en los bordes de las riberas para detener vientos y deslaves. Fibra noble de múltiples servicios, insustituible en aquellos tiempos cuando manos artesanas con ellos forjaban diversos objetos de cestería, vestimenta y, con una de sus variantes, petates, usados como piso, paramento, sombrilla, lecho, mortaja o sillar real.
Sí, los tultecanos se formaron a partir del agua que primero los rodeo como isla que eran y, aun cuando dejaron de serlo, nunca se alejó. El agua les dio vida y sustento, identidad y pertenencia, fe y sentido. Y así fueron usufructuarios de la flora y fauna provenientes del lago y del canal tanto para su consumo, como para su comercialización. Pero también fueron agricultores su territorio se completó con chinampas, este original sistema de construcción de terraplenes anclados al fondo lacustre propicio al cultivo principalmente de hortalizas, milpas y flores.
En su demarcación, Tultenco estaba conformado por un centro ceremonial -sede de su autoridad- y de una comunidad residente en sus chinampas divididas por acequias en las cuales circulaban sus embarcaciones; dicha cualidad, más su colindancia con el lago y el canal, los hizo buenos navegantes. Tal forma de vida se fue consolidando a lo largo de 200 años, hasta el siglo XVI. Esta fue la era de su primera fundación.

Segunda fundación: barrio San Francisco Tultenco
La llegada de los españoles marcó la ruptura del orden establecido hasta entonces para Tultenco, para el resto de la ciudad y para toda la región. Tras la derrota tenochca por parte de los españoles y sus aliados, México pasó a ser una nación sojuzgada y dependiente, la población indígena decayó bruscamente, principalmente por la guerra, las epidemias y la explotación excesiva, iniciándose así el desmantelamiento de su mundo, una dolorosa muerte social.
Los indígenas sobrevivientes fueron reagrupados y concentrados, permitiéndoseles conservar el régimen territorial de tenencia comunitaria, similar al prehispánico. Los españoles establecieron una organización administrativa de la ciudad creando la República de Indios San Juan Tenochtitlán, conservando los cuatro grandes barrios prehispánicos, ahora llamados parcialidades, así como sus antiguos nombres precedidos por otro español provenientes del santoral cristiano. Asimismo, sobrevivieron algunos tlaxilacalli (barrios), los cuales, para su evangelización, fueron puestos bajo la tutela de las órdenes religiosas llegadas al país, en Zoquipan, los franciscanos atendieron la vida espiritual de la población.
En el antiguo tlaxilacaltin Tultenco se levantó una capillita bajo la advocación de San Francisco de Asís. A partir de entonces el barrio tuvo el nombre de San Francisco Tultenco; esta fue su segunda fundación.
Si bien el proceso de evangelización se llevó a lo largo del siglo XVI, fue más acelerado en los barrios indígenas integrantes de la capital y, así, muy pronto la religión católica marcó la vida de sus habitantes, quienes contaban con santos tutelares, seguían el calendario litúrgico y respetaban la autoridad de sus ministros eclesiásticos, los cuales fueron concentrando influencia y poder sobre la población. Además de la religión, se iniciaron varios procesos de transición y mezcla entre las culturas mesoamericanas y la europea que requirieron de varias generaciones para consolidarse, dando paso a un grupo mestizo que, con el tiempo, terminó por imponerse sobre las poblaciones originales.
Las poblaciones indias del siglo XVI fueron testigo de la acelerada construcción del nuevo Estado que se extendería sobre la mayor parte del continente. En este sentido, fueron gente de dos mundos, el indígena en agonía y el español impuesto y en implacable desarrollo; por ello tuvieron que abrir su mente y su espíritu para conciliar su pasado con un presente fincado sobre las ruinas de su mundo anterior… “Todavía estamos nepantla”, dijo a fray Diego Durán un indio, a quien, utilizando esta palabra náhuatl cuyo significado es “en medio”, le sirvió para explicar la convivencia en él tanto de la tradición española como de la india. En este aspecto, durante las primeras décadas del virreinato los pobladores originales fueron también “nepantla” por el complejo y difícil proceso de integración cultural al que tuvieron que someterse. El nuevo nombre: San Francisco Tultenco, sintetiza esta fusión.
Para la vida de los pobladores de Tultenco y de la ciudad se iniciaba, además, un cambio aún más drástico. La convivencia armónica que los habitantes originales habían construido con el lago no fue continuada por los españoles, quienes preferían terrenos extendidos en lugar de agua. Durante el siglo XVI, el descuido del sistema de control hidráulico de la Ciudad de México provocó graves inundaciones, llevando a las autoridades virreinales a decidir el desagüe del lago de Texcoco. Los trabajos se iniciaron en los primeros años del siglo XVII, logrando retirar las aguas de la ciudad e iniciando un largo proceso hasta su desaparición definitiva del entorno.
Para la gente del agua, significó que se perdiera esta en su horizonte, así como la brisa que acarrea el alba. Dejaron de ser custodios del recinto del corazón de Copil del que surgió el nopal y se posó el águila, de la hacienda de Chalchiuhtlicue y Tláloc. Los de Tultenco, como el axolotl, hicieron la primera parte de su vida en el agua y por ello fueron seres del agua, para volverse sin quererlo, en entidades de tierra.
Durante la época virreinal y aun después de la Independencia del país, el barrio Tultenco permaneció como asentamiento pequeño, aislado, marginal, aledaño a la Ciudad de México, conservando su identidad rural y campesina. Durante este periodo, el canal de La Viga sostuvo su vigencia como una de las principales vías de navegación y abasto de la ciudad. Zona chinampera, pero a la vez ribereña; ambas condiciones, determinantes para las formas de trabajo y vida de sus moradores, ligadas al Canal de La Viga.

Tercera fundación colonia Paulino Navarro
Si bien, durante la Época Virreinal el pueblo Tultenco se mantuvo con pocos cambios, en el México republicano se dejaron sentir a partir del proceso de privatización de las tierras comunales indias, iniciado en 1856 con la Ley Lerdo, que obligaba a las corporaciones civiles a despojarse de sus bienes raíces. La pérdida de sus tierras empeoró su situación de pobreza y propició su desintegración y desarraigo.
Sin sus tierras, el barrio Tultenco solamente conservó su núcleo en el callejón San Francisco, que conecta la iglesia al canal; sus pobladores preservaron sus formas de vida ancestrales a pesar de los embates modernos. Sin embrago, la presencia en la zona del rastro de la ciudad desde el siglo XVI favoreció el desarrollo de una actividad productiva-comercial relacionada con la manufactura de los subproductos de los animales sacrificados, misma que, a finales del siglo XIX y principios del XX, propició la instalación de varias fábricas.
Estas atrajeron un número importante de obreros y sus familias, así como la infraestructura necesaria para vivienda y transportación de trabajadores y material, que incluyó una línea de ferrocarril que cruzó el barrio Tultenco, proporcionando un carácter industrial a la zona, dejando atrás la vocación rural de los antiguos barrios, cuyos habitantes originales fueron incorporándose al talante imperante y confundiéndose con la población allegada.
Después de esto, el barrio Tultenco vio, una vez más, vulnerada su originaria personalidad, cuando las autoridades capitalinas decidieron desecar el canal La Viga y convertir su lecho en calzada. Al igual que la Acequia Real, el Canal La Viga fue desapareciendo progresivamente, empezando del centro hacia la periferia; a la altura de Tultenco, su desecación se llevó entre 1920 y 1940, cuando fue cegado de la avenida Taller a la de Chabacano. Con tal suceso, los vecinos de Tultenco y de los demás pueblos y barrios subsidiarios del canal La Viga, fueron privados del flujo vital que durante siglos les proporcionó sustento, pertenencia e identidad.
Finalmente, el barrio Tultenco y los del rumbo, se vieron impactados por el proceso de urbanización acelerado acontecido después de la Revolución, debido al despunte de los índices demográficos y a la migración interna del campo a las ciudades que se registró en todo el país, pero principalmente en los grandes asentamientos y con mayor empuje en la Ciudad de México, que cambió a urbano el anterior carácter rural de la población mexicana.
Sobre el territorio del antiguo barrio se fundó en 1941 la colonia Paulino Navarro, bajo el amparo de Lázaro Cárdenas quien, siendo presidente del país, impulsó la creación de viviendas populares, en respuesta a la creciente demanda de la población trabajadora y marginada. Los nuevos colonos, organizados en cooperativa, compraron los terrenos, compartiendo con los pobladores originales la calidad de clase trabajadora y respetando el núcleo tradicional del barrio, el cual estaba alineado en el callejón San Francisco. La iglesia quedó adscrita a la colonia Vista Alegre, separada del barrio Tultenco desde 1888 por la construcción del Canal de Derivación que, ya desecado, es ahora la calle José T. Cuellar – Claudio Bernal.
La nomenclatura del lugar fue asignada por este grupo de colonos. Ellos sugirieron a Cárdenas asignar su nombre a su organización y a la colonia gestionada. Cárdenas declinó el honor y sugirió el nombre de Paulino Navarro, un general que bajo sus órdenes combatió y murió en la Revolución Mexicana.
Esta es la tercera fundación, alejada de la primera por varias centurias, cuyo origen no está registrado en la memoria colectiva de la actual comunidad. Sin embargo, tal como dice el epígrafe con el que abre este texto: en el cuerpo del barrio está contenido su origen, como las líneas de una mano. Su carácter nos muestra que tal esencia se ha renovado en formas alternas, sea en la celebración de sus fiestas tradicionales y en sus usos y costumbres, como el acentuado sentido de identidad y pertenencia barrial.
En el callejón San Francisco y calles aledañas abundan las vecindades y en las banquetas se pueden observar altares en vitrinas dedicados a santos cristianos, puestos de comida y tendederos banqueteros en significativa apropiación del espacio público. En los muros de sus fachadas hay grafitis de buena factura con motivos que dan expresión a su historia y su presente, dedicados principalmente a sus orígenes prehispánicos, al canal de La Viga, a San Francisco, al general Paulino Navarro y a elementos significantes de su identidad barrial.
Para terminar
Actualmente, encapsulado en la urbe, el antiguo barrio Tultenco conserva vestigios de su fisonomía de antigua cuña y en cuyo devenir de siete siglos, tres veces fue fundado
La primera fundación, como tlaxilacaltin cuyo nombre, Tultenco, denota tanto una lengua perdida como la cultura ligada a un entorno donde la naturaleza tenía presencia y reverencia. La segunda fundación, como un barrio indio renombrado San Francisco Tultenco, cuyo nombre mixto refiere un proceso de ensamble de dos tradiciones, de dos culturas y la regencia de un mundo cristianizado. La tercera fundación, como una colonia, Paulino Navarro, reflejo de la historia reciente del país que dejó de ser rural y devoto, construida a partir del moderno mito fundacional: el de la Revolución Mexicana.
Comunidad india sobreviviente secular que dejó de ser ante la llegada de nuevos pobladores llegados de la provincia mexicana y ante la expansión de la ciudad que los integró plenamente hacia mediados del siglo XX, construyendo nuevas formas de convivencia ricas en tradiciones llegadas y fundidas, que arribaron al siglo XXI plenamente urbanas, pero herederas de una historia centenaria, presente en sus vestigios materiales y en sus formas ancestrales de convivencia.









Bibliografía
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Imágenes: Murales plasmados en el barrio Tultenco por diversos colectivos vecinales. Fotos: María Eugenia Herrera.